Anochecer

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sábado, 27 agosto 2016

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AtardecerEl sol rojo, como fruta madura se cae tras la montaña, al filo de la tarde. Una suave brisa llega y refresca el vaho sopor que reina en el ambiente.

La sombra extiende sus puntas irregulares como un manto oscuro que desenrolla el viento. Por fin la noche llega entera, cubriendo con su negro terciopelo, borrando y ocultando todo con la densidad de su espesura; y grávida de cosmos comienza a parir estrellas.

Abajo, la casa de paredes blancas y techo rojo simula un punto bicolor iluminado tenuemente por las hespérides, las que arriba guiñan una y otra vez como ojos de eólicas doncellas.

Un gallo sin cresta, sin plumas y sin patas lanza petulante su quiquiriquí de hojalata. Un ladrido agudo y sostenido rompe la bruma, como una lanza, y se pierde en lontananza.

Unos ojos, redondos y rojos como candelas, parecen levitar en el espacio, son los ojos del búho, a los cuales, la negrura les ha robado el árbol con su tronco y sus ramas. Una vaca muge, un potro relincha, perdidos en la oscuridad como fantasmas.

Más abajo, el río brama furioso al saltar el peñasco, arrastrando cantos rodados que chocan entre sí y gimen como penas.

Poco a poco, todo se va callando, adormeciendo, enervando… ¡Silencio!…El valle está durmiendo.

Por: Roberto Celis Santa Cruz