30 diciembre 2021 »

García Márquez, un cartero que llama mil veces
Orlando Oliveros Acosta

El día en que un amigo suyo vendió su correspondencia a una universidad de los Estados Unidos, Gabriel García Márquez prometió que jamás volvería escribir una carta. “No quiero que mis cartas se conviertan en mercancía”, dijo a Vanity Fair en marzo de 1988, “pertenecen a mi vida privada”. A partir de ese momento, el escritor colombiano se limitó al fax y al teléfono, sin inmutarse mucho por la fortuna que debía gastar en el milagro de las llamadas a larga distancia.

Fue una decisión difícil para alguien que se había obsesionado con la comunicación epistolar. Y aunque en octubre de 1967 le escribió una carta a Mario Vargas Llosa en la que afirmaba que era “muy mal corresponsal”, la realidad era que enviaba extensos pliegos a sus amigos casi todo el tiempo.

“Mis únicos amigos son anteriores a Cien años de soledad. A ellos les contesto unas cipotes de cartas y me leo de cabo a rabo las que me mandan, pero las otras ni las abro. Las rompo sin abrirlas”, comentó en una entrevista concedida a El Tiempo en diciembre de 1968.

El hábito de cartearse con otras personas inició con su madre, cuando cursaba el bachillerato en el Liceo de Varones de Zipaquirá. Con todo su arsenal de horrores gramaticales, Gabo le contaba su vida diaria en el internado y Luisa Santiaga Márquez respondía al día siguiente, devolviéndole sus cartas con la ortografía corregida. En la época en que tomó la determinación de no escribir cartas, él la llamaba por teléfono cada domingo al mediodía (hora de Cartagena), un ritual inflexible que llevó a cabo desde cualquier parte del mundo y que solo incumplió cuando estuvo en Vietnam.

Mercedes Barcha, su esposa, fue la otra mujer a la que destinó un gran porcentaje de sus cartas íntimas. A ella le gustaba coleccionarlas y en 1958, en Caracas, poco después de su luna de miel, cargaba consigo una carpeta de seiscientos cincuenta folios con puras cartas de amor. García Márquez, temiendo que alguien las robara, le ofreció cien bolívares por el lote completo y, acto seguido, las destruyó. Varias décadas más tarde confesó que su motivación no había sido el miedo sino la estabilidad marital.

—No quería que las tuviera más —le dijo a la revista Viva, de Clarín, en junio de 1994—. Ante cualquier cosa que yo hacía, ella agarraba las cartas y decía: “Ah no, tú en esta carta me decías que nunca ibas a hacer tal cosa o tal otra”. Y yo ya no podía vivir así. Este matrimonio se iba a acabar por las malditas cartas. Entonces un día le dije que ya no lo soportaba y que se las compraba para quemarlas.

Las cartas que sí guardaron y recopilaron juntos fueron las que empezaron a llegar a su casa de Ciudad de México luego de la publicación de El amor en los tiempos del cólera. Sus remitentes eran parejas de ancianos que habían percibido en el drama de la novela una recreación poética de sus amores tardíos. “Usted contó la historia de mi vida”, le escribían. El libro que inspiraba a estos amantes es, en sí mismo, un homenaje a las vicisitudes del intercambio epistolar. Hay en él mensajes clandestinos, misivas exaltadas por la cursilería, folios repletos de pasión. Florentino Ariza, uno de los protagonistas, obtiene su primer trabajo en la Agencia Postal y copia mamotretos líricos a Fermina Daza, su Diosa Coronada. Cuando comienza a trabajar en la Compañía Fluvial del Caribe, ayuda a los enamorados analfabetos a escribir sus esquelas románticas “para descargar el corazón de tantas palabras de amor que se le quedaban sin usar en los informes de aduana”.

Era evidente que García Márquez no había dejado de escribir cartas. La diferencia es que ahora las metía exclusivamente en el buzón de la ficción literaria, donde sus personajes seguirían amándose y amenazándose de muerte con ellas. En el mundo real, ese donde la fama perturbaba la privacidad de los artistas y la gente buscaba sus manuscritos para venderlos, el correo estaba prohibido. El rol del destinatario también era difícil en este contexto. Gabo recibía cientos de cartas de desconocidos con todo tipo de propuestas obscenas. Un editor español, por ejemplo, le ofreció por tiempo ilimitado una quinta en Palma de Mallorca a cambio de los derechos de su próximo relato. El escritor tuvo que violar su silencio postal para responderle que se había equivocado de barrio porque él no era una prostituta. En otra carta escrita desde Nueva York, una mujer elogiaba Cien años de soledad y prometía, si así él lo deseaba, una foto desnuda de cuerpo entero. Mercedes la rompió furiosa.

— ¿Qué haces con las cartas urgentes? —le preguntó un periodista de El Mundo durante una entrevista en octubre de 1982.

— Si no son de personas conocidas las pongo en un rincón del escritorio y las dejo cerradas un mes. Cuando este se cumple ya no son urgentes…

 

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